artículo de manuel-moreno
De entrar en prisión con 17 años a convertirse en abogado penalista: la segunda vida de Juan Blas López
De las primeras detenciones a los 17 años a un despacho de derecho penal. La historia del onubense Juan Blas López Rodríguez atraviesa prisión, pérdidas familiares, estudios universitarios, recursos ante el Tribunal Constitucional y una reconstrucción personal basada en la responsabilidad, el trabajo y las segundas oportunidades.
Antes de conocer los patios de una prisión, los módulos penitenciarios o los procedimientos penales desde el otro lado de la mesa, fue un estudiante brillante. Era el mayor de cuatro hermanos. Su padre, Juan López Rueda, abogado; su madre, inicialmente dedicada al hogar, acabaría trabajando en distintos empleos, entre ellos como limpiadora en el Hospital Blanca Paloma de Huelva.
Nacido en enero de 1985, Juan Blas estudiaba en los Maristas, conseguía matrículas de honor y llegó a obtener becas para estudiar en el extranjero. Hasta los 16 años, nada hacía pensar que su vida acabaría vinculada durante años al sistema penal. Pero la adolescencia y el verano de 2001, unos meses antes de comenzar primero de bachillerato, cambiaron el rumbo y comenzó a relacionarse con un nuevo grupo de jóvenes.
Llegaron entonces los robos de ciclomotores y vehículos, las carreras, los piques y otras conductas delictivas. Las amistades formaron parte del ambiente, pero él evita utilizarlas como explicación porque, con los años, ha asumido que fueron sus propias decisiones y que también le correspondía asumir sus consecuencias.

Su época escolar, con matrículas de honor y becas para estudiar en el extranjero
A partir de aquel verano y aquellas amistades, empezaron a acumularse los procedimientos judiciales. La primera vez que entró en prisión tenía todavía 17 años. Era una época en la que un joven de esa edad podía ingresar en una cárcel de adultos, antes de que entrara en vigor la nueva legislación sobre responsabilidad penal de los menores.
Paradójicamente, no fue por ninguno de los hechos más graves de aquella etapa, sino por un juicio de faltas en el que había sido condenado por sustraer gasolina de un vehículo. Como inicialmente no pagó la multa, ésta acabó convirtiéndose en 15 días de privación de libertad.
La escena de aquella primera detención permanece intacta en su memoria. Cuando la Guardia Civil fue a buscarlo a su casa, estaba sin camiseta, manchado de grasa y vestido únicamente con unos ‘calzonas’, como se denomina en Andalucía al pantalón corto utilizado para hacer deporte o vestir de manera informal.
Juan Blas pensó que se trataba de una gestión que se resolvería rápidamente y que enseguida podría volver a casa. Pero la realidad fue otra. Le comunicaron que tendría que ingresar en prisión y que, probablemente, su padre podría sacarlo el lunes.

Juan Blas, a la derecha y con flequillo rubio, días antes de ingresar en prisión por primera vez. Tenía 17 años.
El traslado, el cacheo, las sábanas, los productos básicos y la llegada a un pequeño patio vacío quedaron grabados como las primeras imágenes de su vida entre rejas. «Fue una experiencia surrealista», recuerda. Entró en el módulo de ingreso, un espacio de tránsito por el que pasan quienes acaban de llegar: permaneció solo en una celda y apenas podía salir dos horas al día al patio.
La estancia, sin embargo, fue mucho más breve de lo previsto. Finalmente, su padre pagó la multa y Juan Blas salió de la cárcel apenas tres días después de haber entrado.
Pero no tardó mucho tiempo en pisar otra vez la trena. Después de cumplir los 18 años. llegó una nueva breve y dura estancia entre rejas. Un episodio ocurrido en la zona de Pablo Rada, en Huelva, terminó con él detenido después de que un joven denunciara que él y un amigo le habían quitado el teléfono móvil. Según la versión de Juan Blas, no hubo violencia ni tirón. El denunciante tampoco lo reconoció posteriormente en una rueda de reconocimiento.
Sin embargo, Juan Blas pasó aproximadamente una semana en prisión provisional antes de que la causa fuera archivada. Fue durante esos días cuando protagonizó además una pelea con otro interno, una persona respetada dentro del módulo. Porque en la cárcel, explica, existía una presión constante por demostrar fortaleza, y sentía que debía «coronarse», enfrentarse a aquella persona para no ser considerado débil.
La pelea terminó con varios de sus dedos fracturados. Pero tampoco contó la verdad sobre la lesión. Dijo que se había hecho daño jugando al fútbol, pues reconocer que había participado en una pelea podía acarrearle consecuencias disciplinarias.
Mientras estaba en la enfermería, recibió la noticia de que quedaría en libertad y, años después, aquella persona con la que se había enfrentado acabaría siendo su amiga. Como suele suceder en el fútbol, las cosas de la cárcel se quedan entre rejas.

A la derecha, con un pantalón azul, en el Centro de Menores Tierras de Oria, en Almería
La entrada en vigor de la ley orgánica reguladora de la responsabilidad penal de los menores modificó el escenario jurídico de muchos de los procedimientos que tenía abiertos por hechos cometidos cuando tenía 16 y 17 años. Algunos pasaron a la jurisdicción de menores, pero quedó pendiente un procedimiento por robo con violencia que terminaría llevándolo al Centro de Menores Tierras de Oria, en Almería. Era de máxima seguridad, recuerda él, y desde hace años, uno de los centros de menores más conflictivos de Andalucía.
Para Juan Blas, aquella experiencia fue una «auténtica pesadilla». Las normas, el control y las restricciones hicieron que el internamiento fuese especialmente duro. Recuerda también que fue testigo de «abusos, agresiones, gente a la que ataban con camisas de fuerza, a la que sacaban de los chabolos como cochinos. No me sucedió a mí, pero lo vi en directo».
En medio de aquel periodo, ocurrió algo que acabaría teniendo un peso especial en su historia. Su padre le pidió que escribiera una carta a la persona víctima de uno de sus robos. Juan Blas siguió su consejo y redactó la carta. Aquel gesto tuvo un efecto decisivo: la persona ofendida decidió perdonarlo.
Unos tres meses y medio o cuatro después de su ingreso, Juan Blas salió del centro y pasó a cumplir una medida de libertad vigilada, iniciando así una nueva etapa de su proceso.

Juan Blas recuerda el paso por el centro de menores almeriense como una «auténtica pesadilla»
Pero a los 18 años volvió a quedar relacionado con una pelea callejera. Juan Blas sostiene que no participó en ella, pero terminó siendo imputado. Entonces apareció una segunda historia, mucho más grave, que no tenía relación con su procedimiento. En aquella misma época, otra pelea terminó con el fallecimiento de una persona. La prensa vinculó erróneamente aquella muerte con el caso en el que Juan Blas estaba siendo investigado.
La noticia llegó hasta su casa familiar y los periodistas acudieron al domicilio. Juan Blas estaba arreglando un ciclomotor, vestido únicamente con unas ‘calzonas’ y sin camiseta. Salió así para intentar explicar lo que estaba sucediendo, pero su padre se enfadó por la situación y por la presencia de los periodistas. La tensión llegó al extremo de que lanzó un palo hacia uno de ellos.
Aquella escena resume, de alguna manera, el desconcierto de aquellos años: un joven de 18 años investigado por unos hechos que, según sostiene, no había cometido y relacionado públicamente con una muerte que correspondía a otro suceso.
Mientras tanto, los procedimientos continuaban acumulándose: robos con fuerza, conducción temeraria, atentado contra agentes de la autoridad, lesiones y peleas. No fue una única caída. Fue una cadena.
Después de las estancias breves, llegó una condena prolongada. Juan Blas comenzó a cumplir una pena de aproximadamente tres años y medio. Allí tuvo que aprender las reglas no escritas de la prisión: las relaciones entre internos, la convivencia, los horarios, las normas y la necesidad de hacerse respetar.
Pero también encontró una rutina: trabajó en el servicio de mantenimiento de la prisión y encontró en el deporte una vía para ocupar el tiempo y mantener el equilibrio. Entrenaba diariamente en el polideportivo, por las tardes participaba en la selección de culturismo de la prisión y llegó a jugar en el equipo de fútbol del centro. Trabajo y deporte, dos rutinas que terminarían convirtiéndose en constantes de su vida.
Tras un año y ocho meses en régimen ordinario, obtuvo el tercer grado. Después llegaría una nueva condena que elevó el tiempo total de cumplimiento a cinco años, un mes y quince días.
Mientras tanto, todavía quedaban dos procedimientos antiguos pendientes. El pasado judicial de su adolescencia seguía avanzando detrás de él, incluso cuando trataba de reconstruir su vida fuera de la cárcel.
Durante el tercer grado y la libertad condicional, comenzó a trabajar. Fue estibador eventual junto a uno de sus tíos y también se empleó en ‘Telepizza’. Por fuera, trataba de llevar una vida normal, pero las causas pendientes seguían ahí.

Años de juventud mal aprovechados
En 2009 llegó uno de los golpes más duros de su vida. Su hermano Ale murió por una sobredosis de droga y fue el propio Juan Blas quien encontró el cuerpo.
Ese mismo año, cuando todavía se encontraba en libertad condicional y le quedaban aproximadamente cuatro meses para terminar la condena que estaba cumpliendo, fue investigado por un supuesto delito de tráfico de estupefacientes. La operación policial incluyó un registro en su domicilio, donde los investigadores entraron encapuchados y armados.
No encontraron droga y se centraron después en un vehículo abandonado en un barrio relacionado con la familia de la pareja que Juan Blas tenía entonces. Dentro apareció una sustancia que inicialmente fue identificada como cocaína. Juan Blas negó cualquier relación con ella y la sustancia fue enviada a Sevilla para su análisis definitivo. El resultado fue negativo; efectivamente, no era cocaína.
El juez instructor ordenó su puesta en libertad por aquella causa, pero la libertad no sería completa: la jueza de Vigilancia Penitenciaria revocó su libertad condicional y Juan Blas tuvo que regresar a prisión para cumplir los aproximadamente cuatro meses que aún le quedaban de la condena anterior.
La paternidad volvió a cambiar su perspectiva. El nacimiento de su hijo en 2010 le obligó a hacerse una pregunta diferente: qué futuro quería construir y qué ejemplo quería dejar. En 2012, Juan Blas accedió a la universidad y comenzó el grado en Derecho. Su padre ya había sido abogado y el mundo jurídico, por tanto, no era extraño para él. Pero ahora comenzaba a estudiarlo desde una experiencia radicalmente distinta.
No tardaría en encontrarse de nuevo con su pasado. Mientras cursaba segundo de carrera, tuvo que afrontar la ejecución de dos antiguos procedimientos. Las condenas sumaban siete años y seis meses de prisión: una de cinco años y otra de dos años y seis meses.
Antes de ingresar, esperaba que la condena de cinco años pudiera considerarse prescrita. Para defender esa interpretación, tuvo que acudir al Tribunal Constitucional y, durante la tramitación de los recursos, permaneció aproximadamente siete meses en busca y captura.
Finalmente, en diciembre de 2013 volvió a entrar en un centro penitenciario. Pero esta vez no era el mismo joven que había ingresado por primera vez a los 17 años. Ahora era padre, estudiaba Derecho y tenía un proyecto de vida que no quería perder.

El día de 2019 que se colegió. Junto a su hijo y a su padre, ahora jubilado aunque con casos pendientes que está resolviendo
La prisión se convirtió entonces en algo más que un lugar de cumplimiento. A través de la UNED continuó estudiando Derecho, la carrera que más atrae a los internos, y organizó sus días alrededor de tres pilares: estudio, trabajo y deporte. También desempeñó funciones como auxiliar del equipo jurídico, por lo que pudo conocer de cerca los problemas legales y penitenciarios de otros internos.
La paradoja era evidente: quien años atrás había conocido la prisión como detenido y condenado comenzaba ahora a estudiar las herramientas jurídicas que podían determinar el futuro de otras personas privadas de libertad.
En 2015 llegó otro giro decisivo. Mientras se tramitaba su recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, se suspendió cautelarmente la ejecución de la condena de cinco años cuya prescripción se discutía. Juan Blas pasó entonces a cumplir únicamente la pena de dos años y seis meses.
Ese mismo año comenzó a salir de prisión mediante la aplicación del artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario, manteniendo su proceso de reinserción y sus estudios, hasta que en 2016 llegó la resolución definitiva. El Tribunal Constitucional concedió el amparo y reconoció la prescripción de la condena de cinco años.
Para entonces ya había cumplido la pena menor y en junio de 2016 quedó definitivamente en libertad. Por primera vez desde los 16 años, no tenía condenas pendientes de cumplimiento ni la amenaza de un nuevo ingreso en prisión.
Pero la libertad no fue el final de la historia, sino el comienzo de otra. Juan Blas terminó el grado en Derecho con un expediente especialmente destacado y fue reconocido como el mejor historial académico de la provincia de Huelva.
Después cursó el máster de acceso a la abogacía, en 2019 se colegió y comenzó a ejercer. Eligió el Derecho Penal. Su especialización tiene una particularidad que poquísimos expedientes académicos en España pueden enseñar por sí solos: conoce el sistema desde dentro porque había sido detenido, investigado, acusado, condenado y había pisado la cárcel. Se ha enfrentado al miedo de quien espera una decisión judicial, la incertidumbre de la prisión provisional, la vida cotidiana de un módulo y las consecuencias que un procedimiento penal puede tener sobre una familia. Por eso, cuando se sienta ante un cliente, no habla únicamente desde los libros. Habla también desde la memoria.

El primer juicio, poco después de colegiarse en 2019, por un robo con violencia y con objeto peligroso: al culpable logró reducirle la pena a la mitad
Su pasado, sin embargo, no pretende convertirlo en una justificación de los delitos que cometió. Su relato parte de otra idea: reconocer los errores, asumir las responsabilidades, cumplir las consecuencias y demostrar que el pasado no necesariamente determina toda una vida.
En 2021 abrió el primer despacho de López Rodríguez Abogados. El proyecto fue creciendo hasta disponer actualmente de tres locales y un equipo de colaboradores. Su actividad se concentra principalmente en el Derecho Penal y penitenciario, con asuntos relacionados con tráfico de drogas, macrooperaciones policiales, homicidios, violencia de género, delitos societarios y prisión provisional.
Uno de los procedimientos especialmente significativos de su carrera fue el conocido como ‘el homicidio de Rociana’, ocurrido en 2020, juzgado ante un tribunal del jurado en julio de 2022. El procedimiento terminó con un veredicto de homicidio imprudente y una condena de un año de prisión, con la apreciación de distintas circunstancias atenuantes. Juan Blas ejerció la defensa junto al abogado Antonio Revuelta. «El caso supuso un paso importante en mi consolidación como penalista», asegura.
Su historia profesional terminó encontrando también un espacio en la comunicación. De su experiencia nació Nunca es tarde–LRA The Podcast, un programa que recoge testimonios de personas que han atravesado prisión, adicciones, procedimientos judiciales, errores o situaciones límite. La intención no es ocultar las caídas, sino contar qué ocurre después. El propio nombre del programa funciona además como declaración de principios: nunca es tarde para cambiar, estudiar, comenzar una profesión o construir una vida diferente.
Hay otro elemento que atraviesa prácticamente toda la historia: el deporte. Como en prisión, le sigue permitiendo canalizar emociones, mantenerse ocupado y conservar cierta estabilidad. Hoy practica musculación y también CrossFit. Lo considera una herramienta fundamental para mantener el equilibrio mientras compagina la abogacía, la dirección del despacho, la creación de contenido y su vida personal. Para él, el deporte no es solamente una cuestión física. Es también disciplina, orden y una forma de mantenerse en pie.
A sus 41 años, la historia de Juan Blas López Rodríguez no es una biografía sobre alguien que dejó de tener pasado. Es, precisamente, una historia sobre alguien que decidió vivir con él. El joven que comenzó a delinquir a los 16 años y entró por primera vez en prisión a los 17 terminó convirtiéndose en abogado penalista. El interno que conoció los módulos desde dentro acabó estudiando Derecho en prisión. La persona que durante años estuvo vinculada a procedimientos penales se dedicó profesionalmente a defender a otras personas ante los tribunales.
No hay una línea recta entre aquellos dos extremos. Hay años de errores, condenas, pérdidas, trabajo, estudio, deporte, recursos judiciales y decisiones personales. Hay, sobre todo, una idea: una condena puede marcar una vida, pero no tiene por qué escribirla completa. Y encuentra su resumen en el nombre del proyecto audiovisual que decidió poner en marcha: Nunca es tarde.
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